SOBRE LOS METEORITOS CAIDOS EN LA TIERRA
Los proceso evolutivos de la tierra dan como evidencia que la tierra ha recibido bombardeo de miles de millones de meteoritos .
LOS procesos endógenos y exógenos permanentemente están
modificando la superficie terrestre con velocidades que a simple vista
parecen insignificantes. La remoción de partículas rocosas por los
ríos, el viento, los hielos, las olas, o bien los numerosos sismos que
ocurren cada día, las erupciones volcánicas —una o dos por mes— o la
caída diaria en la Tierra de material cósmico, originan cambios que no
son perceptibles de un día para otro. En forma esporádica, estos
procesos se presentan con velocidades o magnitudes extraordinarias: los
sismos alcanzan intensidades superiores a 8 (escala de Richter), las
erupciones volcánicas arrojan miles de toneladas de materiales, los
ríos salen de su cauce y se ensanchan varios kilómetros, los derrumbes
llegan a ser de dimensiones colosales, de millones de metros cúbicos;
las olas marinas se elevan en el litoral hasta 30 m o más. Son algunos
de los fenómenos que conocemos como catastróficos.
En tiempos históricos han sido observados muchos fenómenos como
los mencionados. Han sido estudiados lo suficiente como para conocer el
mecanismo de su formación y hoy día el interés principal radica en
inferir lugar y tiempo posibles donde puede ocurrir un fenómeno de esta
naturaleza.
En la corta historia de la humanidad hemos conocido muchos
fenómenos naturales catastróficos: poblaciones cubiertas por
avalanchas, destruidas por erupciones volcánicas, por terremotos,
marejadas, etc. Son fenómenos que dejan una huella: el tipo de
sedimentos que se depositan, su espesor y la forma que adquieren en la
superficie. En esta forma, por medio de la observación de las rocas y
las formas del relieve se puede inferir qué tipo de fenómeno ocurrió en
el pasado y esto es un tema que ha cobrado gran interés. Se han
reconstruido numerosos procesos de actividad volcánica, de sismos, de
caída de meteoritos, de ciclones, etc., para los tiempos históricos y
los prehistóricos.
Por medio de los estudios geológicos y geomorfológicos se han
reconocido rasgos del relieve que deben haberse producido por fenómenos
verdaderamente catastróficos, aún no observados por el hombre. Es el
caso de algunas erupciones volcánicas que dan origen a calderas;
impactos sobre la superficie terrestre de cuerpos celestes y
posiblemente terremotos de intensidades no observadas todavía.
Las erupciones volcánicas ocurren prácticamente todos los años
en un país pequeño como Guatemala, aunque son escasas las que provocan
verdaderos daños. En este mismo país, situado en una de las zonas de
mayor actividad tectónica del planeta, los sismos destructores se han
producido con promedio de dos o más veces en medio siglo. Para otras
regiones se ha calculado que se presentan una vez en doscientos años.
Los fenómenos catastróficos de origen endógeno son los sismos y
las erupciones volcánicas; los exógenos, los ciclones tropicales y
otros tipos de fenómenos meteorológicos; las inundaciones y los
procesos gravitacionales o de remoción en masa: derrumbes, colapsos,
aludes y corrientes de lodo. En otra categoría entran los tsunamis,
exógenos, pero creados en su gran mayoría por procesos endógenos. Están
también los procesos extraterrestres, que se refieren a la caída de
meteoritos.
Como en el caso de los tsunamis, es común que cualquiera de los
procesos exógenos catastróficos sea provocado por un sismo o una
erupción volcánica.
Con excepción de la caída de grandes meteoritos en la superficie
terrestre, todos los otros procesos han sido observados lo suficiente
como para tener un conocimiento de los mismos. Un segundo proceso
catastrófico que nunca ha sido atestiguado es el de las glaciaciones.
Los especialistas que estudian estos problemas están convencidos
de que los fenómenos catastróficos mayores se producen en periodos de
varios miles e incluso millones de años. Y en la historia de la Tierra,
de casi cuatro mil millones de años, deben haber ocurrido muchos. En
seguida se mencionan algunos ejemplos.
El tema de los cuerpos extraterrestres que caen sobre la Tierra
se ha vuelto muy popular. Hace un siglo no era del consenso general de
los científicos el origen meteorítico de varios cráteres de la
superficie terrestre, lo que sólo empezó a aceptarse a principios del
actual. Y como tema de investigación, sólo en la década de los años
ochenta cobró una gran importancia. Dejó de ser el tema aislado de los
textos de geología, digno de mencionarse pero sin trascendencia alguna.
Y como ha ocurrido siempre en las ciencias de la Tierra, la situación
cambió radicalmente.
El conocimiento de la superficie de la Luna y los planetas
cercanos a la Tierra, con abundantes cráteres meteoríticos, fortaleció
las hipótesis en el sentido de que nuestro planeta tuvo un aspecto
semejante hace más de 3 500 m.a. Se trata de un proceso de impactos que
en otras épocas fueron más frecuentes y aunque en menor escala, se
sigue produciendo. Lo importante de esto es que ha influido en la
historia geológica y es posible que también en la evolución de la vida.
También ha preocupado a los científicos el hecho de que si en el
pasado geológico se han producido impactos colosales en la superficie
terrestre, existe siempre la posibilidad de que esto vuelva a ocurrir.
En pocas palabras, desde hace 20 años se viene produciendo el
redescubrimiento de los meteoritos caídos en la Tierra.
Con la exploración del Sistema Solar y la aparición de las
imágenes de satélite, se apoyaron las ideas en el sentido de que la
Tierra en su etapa inicial de desarrollo, hace más de 3 500 m.a. era
semejante a lo que hoy es la superficie de la Luna o Marte, salpicadas
de cráteres producto de impactos meteoríticos. Algunos científicos
creyeron ver en las imágenes de la Tierra las cicatrices de impactos
semejantes (lineamientos circulares) en todos los continentes. Esto es
poco probable por los cambios extraordinarios que ha tenido la
superficie terrestre. Sin embargo, hay, evidencias, no pruebas
definitivas, de impactos en el sur de África, en el cratón, una
estructura rocosa de más de dos mil millones de años.
Los meteoritos caen con mucha frecuencia, pero al hacer contacto
con la atmósfera la gran mayoría pasa al estado de fusión. Según
informa el científico C. C. Albritton, más de mil millones de cuerpos
extraterrestres penetran diariamente a la atmósfera, incendiándose de
inmediato; sólo unos 500 000 son observables a simple vista; otros
cálculos suponen que 3 o 4 caen diariamente en la superficie, aunque
son unos gramos de materia. Los meteoritos conocidos de más de 50
toneladas caen en promedio uno en 30 años y otros mayores, de 250
toneladas, uno en 150 años; los de mayores dimensiones, del orden de 50
000 toneladas, uno en cincuenta millones de años, de acuerdo con los
cálculos de varios especialistas. Estos datos se basan en los rasgos de
antiguos impactos y la datación aproximada de la época en que
ocurrieron.
La caída de un meteorito en la superficie terrestre puede ser de
choque. Esto es común en el caso de rocas de pequeñas dimensiones que
se desplazan con velocidades de menos de 2.5 km/seg. Forman cráteres de
hasta 100 m de diámetro.
Cuerpos rocosos mayores se desplazan con velocidades de 3-20
km/seg y explotan al tocar la superficie terrestre, por un descenso de
su velocidad de desplazamiento. Los cráteres que pueden formar son de
incluso más de 100 km. Este tipo de formas del relieve no se conservan
como tales por más de dos millones de años. Los cráteres conocidos son
muy jóvenes. Los hay también antiguos de decenas y cientos de millones
de años, que se han reconocido como tales por rasgos determinados,
residuos de la formación original. En ocasiones son depresiones o
montículos rocosos alineados en forma circular. Su expresión actual
depende del tamaño original, en especial la profundidad; de la región
en que se encuentre —las modificaciones del relieve terrestre varían
sustancialmente de una región a otra— y de otros factores.
La formación de una depresión de cientos de metros de
profundidad y decenas de kilómetros de diámetro, en condiciones
geológicas determinadas, puede permanecer por más de cien millones de
años; aun cuando la erosión destruya sus bordes y la acumulación la
rellene, será una especie de cicatriz, reconocible por lo menos en
fotografías aéreas e imágenes de satélite.
El criterio más importante para definir estos rasgos como
cráteres meteoríticos ha sido la presencia de rocas y minerales que se
forman por la transformación de los del sustrato original al ser
sometidos en forma brusca a presiones y temperaturas que provocan su
fusión y recristalización.
Los daños que cause un cuerpo extraterrestre dependen del tamaño
del mismo y del lugar donde caiga. En el desierto del Sahara puede
provocar pocos daños; en una gran ciudad, la aniquilación total
material y de la vida humana. Se calcula que la caída de un gran
meteorito en el océano puede ser aun de mayor riesgo porque provocaría
olas gigantescas de varios metros de altura y velocidades de cientos de
kilómetros por hora, invadiendo las costas en centenares de kilómetros
de longitud.
Un fenómeno de esta naturaleza puede alterar también el clima al
arrojar a la atmósfera masas gigantescas de polvo que disminuirían
considerablemente la penetración de los rayos solares, con el
consiguiente enfriamiento —incluso glaciación— por meses o años. Algo
semejante puede provocar la muerte de especies vegetales y
consecuentemente de los animales que se alimentan de aquéllas. Además,
hay que considerar el cataclismo que provocaría una colisión:
terremotos que a su vez darían lugar a derrumbes en las montañas e
invasión de la tierra firme por el mar.
El cráter de Arizona, llamado Cañón del Diablo o Cráter de Barringer, se formó
hace 25,000 años, tiene 1 200 m de diámetro y 183 m de profundidad, debido al
impacto de un meteorito de más de 60 m de diámetro y un millón de toneladas,
de acuerdo con R. A. Grieve. En 1891, los primeros estudios petrológicos permitieron
concluir a algunos geólogos que se trataba de un cráter formado por un impacto
meteorítico. Otros científicos dieron puntos de vista opuestos: era de origen
volcánico. Sólo en 1931 se aceptó en forma general la primera hipótesis. El
meteorito debió explotar al acercarse a la superficie terrestre, lo que se dedujo
de los fragmentos que se encontraron de aquél, así como de las rocas y minerales
que se originan por las altas presiones y temperaturas a que son sometidos.
En 1908 se produjo un aparente impacto en Tunguska, Siberia,
prácticamente el primero y único de gran magnitud conocido en tiempos
históricos. No se observó ni reconoció de inmediato, sino
posteriormente, a partir de los efectos. Originó un sismo sensible a
miles de kilómetros y el incendio de una región despoblada en 50 km a
la redonda; la explosión fue unas cien veces más intensa que la que
produjeron las bombas atómicas que destruyeron Hiroshima y Nagasaki.
Pasaron algunos años para que los científicos rusos se desplazaran al lugar
de los hechos a estudiar el fenómeno. Las investigaciones duraron varios años
y se llegó a la conclusión de que se trató de un pequeño cometa que explotó
a 5-10 km de altura cuando se acercaba a la superficie con una velocidad de
30-40 km /seg, la que disminuyó a 16-20 km /seg antes de explotar. El frente
de onda debió ser de 100 000 grados centígrados. Las conclusiones se basaron
en minuciosos estudios sobre las huellas dejadas por la explosión, la transformación
de minerales, los fragmentos depositados en el suelo y otros factores. Con esto
acabaron todo tipo de especulaciones que incluían el aterrizaje y despegue de
naves espaciales, de otro planeta, por supuesto.
Si volviera a ocurrir un fenómeno semejante en la actualidad no
sería una sorpresa como el cometa de Tunguska. Los astrónomos lo
detectarían por lo menos con semanas de antelación y seguramente se
observaría a través de la televisión.
En Sikhote-Alin, cerca del Pacífico soviético, en febrero de
1947 se produjo un bombardeo de pequeños meteoritos que formaron más de
200 hoyos y cráteres pequeños; se reconocieron 22 cráteres principales,
el mayor de 26.5 m de diámetro y 6 m de profundidad.
De acuerdo con la información recopilada por C. Albritton, en Campo del Cielo,
Argentina, se produjo una lluvia de meteoritos aproximadamente hace 5 800 años.
Se reconocieron nueve cráteres; el diámetro de éstos varía de 20 a 115 m y la
profundidad de 0.5 a 5.5 metros.
El mismo autor menciona los cráteres de Odessa, en el sur de
Texas, cerca de la frontera con el estado de Chihuahua. Se ha calculado
su edad en unos 10 000 años. Son tres menores, con diámetros de 3 a 24
m y uno mayor, de 168 m de diámetro y 5 m de profundidad.
En Henbury, Australia, se localizan 12 cráteres meteoríticos de
aproximadamente 4 200 años de edad. Los nueve menores tienen diámetros
de 12 a 130 m. El principal consiste en dos depresiones sobrepuestas,
con diámetros de 242 y 298 m y 31 m de profundidad. De acuerdo con I.
Rezanov, el mayor cráter de origen meteorítico comprobado es el de
Popigay, en el norte de Siberia. Posee un diámetro de 75 km en el
interior y 100 km en el exterior y se produjo hace 30 m.a. El meteoro
penetró el subsuelo hasta 1 200 m; por el impacto arrojó fragmentos
rocosos a distancias de hasta 40 km y la explosión produjo la fusión de
rocas, formando lava. La energía de la explosión se calcula que debió
ser mil veces mayor que la más intensa de alguna erupción volcánica
conocida.
Otro cráter, también en la URSS, aunque no bien
comprobado, es el de Puchezh-Katun, cerca de la ciudad de Nizhni
Novgorod (antes Gorki), de 100 km de diámetro. Se definió por estudios
de geología superficial y del subsuelo. Uno más, el de Kara, de 50 km
de diámetro, se encuentra en las montañas de Pay-Khoy.
Entre los más antiguos y por lo mismo no comprobados, se pueden citar el de
Bushveld en Sudáfrica, de 112 km y 2 100 m.a., con ricos yacimientos minerales
y el de Karelia, en la URSS, cerca de Finlandia, de
20 km de diámetro y edad de 1 000 m.a. En el sustrato del Escudo Canadiense
se encuentra un yacimiento de minerales en lo que fue una antigua depresión
ovalada —cráter de Sudbury—, de 60 por 27 km. Se considera que se formó
por un impacto meteorítico hace 1 700 m.a., mismo que provocó actividad volcánica
y ésta a su vez favoreció la formación de minerales metálicos. Hay por lo menos
25 cráteres más que superan los 10 km de diámetro e igual cantidad de menos
de 10 km. Pero su origen extraterrestre no está plenamente confirmado.
Otros cráteres meteoríticos conocidos, descritos por C.
Albritton, son los siguientes (entre paréntesis se señala el diámetro
en metros): Wolf Creek (950) en Australia occidental; Boxhole (175), en
Australia central; Haviland (17), Kansas, EUA; Dalgaranga (21),
Australia occidental, su edad se calcula en 25 000 años; Wabar (50,
40), dos cráteres en el desierto de Arabia, su edad es de
aproximadamente 6 400 años; Kaalijaarv, siete cráteres en la isla de
Saarema, de la República de Estonia (12 el mayor).
Posibles catástrofes en el tiempo geológico
El estudio de los meteoritos es un tema novedoso y se empieza a
conocer más sobre los mismos a partir de la década de los años sesenta,
con los satélites artificiales y naves espaciales que gradualmente van
proporcionando información sobre la Tierra, la Luna y los planetas
cercanos. De acuerdo con A. R. Grieve, hasta 1970 se conocían 50
cráteres meteoríticos en la superficie terrestre y 120 en 1990.
Menciona asimismo, que cada millón de años se forman de uno a tres
cráteres mayores de 20 km y conocemos un 10% del total de los mayores
de 10 km de diámetro.
Los astrónomos que estudiaron este problema consideraron que en
la historia de la Tierra pudieron impactarse cuerpos rocosos de cientos
de metros e incluso kilómetros de diámetro. Asimismo, algunos
supusieron que las consecuencias pudieron ser en algunos casos de
magnitudes que nunca se habían considerado, como la aniquilación total
de muchas especies de plantas y animales.
En toda la historia de la vida sobre la Tierra, de más de 3 000
m.a., se han dado de forma continua extinciones de especies. Llaman la
atención algunas desapariciones masivas que ocurrieron principalmente
hace 500, 355, 192, 65 y 40 m.a. El físico estadounidense Luis Álvarez,
con su equipo de colaboradores, sostuvo en 1980 que las extinciones de
organismos hace 65 m.a., a fines del periodo Cretácico de la era
Mesozoica, pudieron tener origen en una gran explosión provocada por un
cuerpo extraterrestre. Su desintegración dio lugar a la acumulación de
determinados elementos químicos, poco comunes, en las rocas
sedimentarias que contienen los restos de organismos de aquella época.
Para verificar lo anterior se realizaron estudios geoquímicos con el
fin de determinar la presencia de iridio, elemento químico abundante en
los meteoritos y poco común en la corteza terrestre. Los resultados
obtenidos en distintas localidades fueron positivos, la concentración
del elemento mencionado era elevada. Un impacto de gran magnitud
provocaría un rápido enfriamiento, incluso una glaciación, al arrojar a
la atmósfera millones de toneladas de polvo que reducirían la
penetración de los rayos solares. Además, hay que considerar el
cataclismo en sí: terremotos, invasión parcial de los continentes por
el mar, derrumbes en las montañas, ciclones y otros fenómenos.
Los paleontólogos no acaban de aceptar la hipótesis de la
extinción de los dinosaurios y otras especies a causa de un cataclismo.
No lo niegan, pero no todos están de acuerdo en que pueda deberse a un
solo factor la aniquilación de las especies que dominaban en la tierra
y el mar. La geología ha dado también explicaciones satisfactorias: la
evolución del relieve terrestre por cambios lentos del nivel del mar,
la formación de montañas y las glaciaciones han influido
sustancialmente en los organismos que, o se adaptan a nuevas
condiciones o desaparecen.
Según describió R. Kerr en 1988, varios especialistas
estadounidenses consideran que un gran cráter, el Manson de Iowa, de 35
km de diámetro, cubierto por sedimentos glaciales y cuya edad se ha
determinado en 66 m.a., pudo haber sido el origen de una catástrofe que
produjo la aniquilación de muchas especies vivientes, entre ellas los
dinosaurios. Pero el diámetro del cráter ha sido considerado pequeño
como para relacionarlo con una catástrofe global.
Otros científicos, como A. Hildebrand y W. Boynton, de la
Universidad de Arizona, han encontrado al oriente de Cuba, cerca de
Haití, fragmentos de vidrio que analizados en el laboratorio no
presentan las características de material de origen volcánico como
podría suponerse. Es posible que se hayan formado por temperaturas
excepcionalmente altas, a su vez provocadas por el impacto de un cuerpo
extraterrestre.
Los científicos estadounidenses B. F. Bohor y R. Seitz creen
haber encontrado en el extremo occidental de Cuba lo que fue un cráter
meteorítico que se formó hace 65 m.a. y puede alcanzar 225 km de
diámetro —magnitud que lo asocia con una verdadera catástrofe mundial.
La curvatura de la isla y el promontorio correspondiente a la Isla de
la Juventud (antes de Pinos), así como la presencia bajo el mar de
grandes bloques rocosos de más de 12 m de diámetro, que constituyen una
capa de grosor de unos 350 m, les permite suponer que en ese lugar se
produjo el impacto. Su hipótesis no ha sido reforzada con observaciones
directas.
El último cráter descubierto,2![]()
llamado de Chicxulub, se localiza frente a la península de Yucatán. Científicos
de la Universidad de Arizona lo relacionan también con la extinción de los dinosaurios.
Calcularon que sus dimensiones originales serían de 177 kilómetros.
Con seguridad, en los próximos años se seguirán descubriendo
nuevos cráteres meteoríticos y es posible que el lugar donde se produjo
la catástrofe de fines del Cretácico se desplace de un continente y de
un océano a otro, hasta que las observaciones sean suficientes para
resolver en forma satisfactoria este problema.
Siempre existen posibilidades de un impacto meteorítico contra la superficie
terrestre. En 1937 el asteroide Hermes, de 1.5 km de diámetro, pasó a 640 000
km de la Tierra. En marzo de 1989 un asteroide de un kilómetro de diámetro pasó
a 800 000 km de distancia. Se calcula que hay por lo menos una centena de rocas
semejantes de más de un kilómetro de diámetro y miles de unos cuantos metros.
El impacto de una de 12 m provocaría un daño muy grande. Puede destruir cualquier
gran ciudad o dar lugar a efectos secundarios al caer en el océano. Parecería
poco importante que una roca circule a cientos de miles de kilómetros de la
Tierra. Pero lo hacen en órbitas, en posiciones que no son permanentes. Es posible
que con el tiempo se acerquen gradualmente —o se alejen. Los astrónomos
están dando más importancia a los pequeños asteroides. Así, por ejemplo, en
enero de 1991,3 ![]()
investigadores de la Universidad de Arizona dedicados
a la búsqueda de asteroides detectaron con aparatos electrónicos de alta sensibilidad
un cuerpo rocoso al que pudieron seguir durante un tiempo prolongado para el
caso, seis horas. El científico D. Rabinowitz, primero en avistarlo, consideró
que la roca tendría un diámetro de aproximadamente 9 m y se acercó hasta 119
600 km respecto a la Tierra; supone asimismo que de caer en ésta formaría un
cráter de hasta 90 m de diámetro y 30 m de profundidad. Este tipo de fenómenos
deben ser muy frecuentes y en los próximos años serán mejor conocidos.
El cometa de Tunguska fue un suceso catastrófico de la mayor
magnitud. De acuerdo con I. Rezanov, es comparable con las explosiones
del Santorín, el Krakatoa y el terremoto de Chile. Pero a diferencia de
aquéllos, no originó víctimas. Mucha gente se ha preguntado qué
consecuencias hubiera tenido sí explota en una región poblada, o
incluso en medio del océano.
En comparación con otros procesos, incluso las glaciaciones, es
muy poco lo que se sabe sobre este tema. El único fenómeno histórico,
el de Tunguska, aunque reciente, casi pasó inadvertido y sólo en la
posguerra se estableció con precisión el origen del mismo. Es poco
probable que los cráteres meteoríticos, o fragmentos de los mismos,
permanezcan como tales en la superficie terrestre por más de dos
millones de años. Este tiempo, equivalente al periodo Cuaternario, ha
sido suficiente para que grandes superficies hayan sido rebajadas por
la erosión, o cubiertas por sedimentos marinos, fluviales, glaciales,
volcánicos y otros.
Las rocas y minerales relacionados con impactos meteoríticos
ocupan en general extensiones reducidas del subsuelo, de hasta algunas
decenas de kilómetros de radio. Y si consideramos que dos terceras
partes de la superficie están cubiertas por el océano, serán casos
afortunados los reconocimientos de nuevas localidades afectadas por
meteoritos. Seguramente, los impactos de gran magnitud a lo largo de la
historia geológica son incontables, pero son muy pocos los conocidos.
Se puede mencionar un gran avance respecto al riesgo de impacto
por un meteorito. Un fenómeno de esta naturaleza podrá ser detectado
con semanas o meses de anticipación por los astrónomos, incluso
precisando la zona que lo reciba, además de los riesgos en sí. Esto
permitiría tomar medidas de prevención: navegación marítima y aérea,
evacuaciones, etcétera.
Los movimientos de grandes fragmentos de la corteza terrestre
originan los sismos, temblores de tierra o terremotos. Por sí solos,
son fenómenos naturales que afectan al hombre, no en forma directa como
una erupción volcánica, sino indirecta. El movimiento de la superficie
terrestre que provoca un sismo no representa un riesgo, salvo casos
excepcionales; son las consecuencias las que ocasionan catástrofes:
caída de construcciones, incendio de ciudades, avalanchas y tsunamis.
Todos los días son registrados una buena cantidad de sismos en
el mundo. La inmensa mayoría son de poca magnitud, reconocidos por los
instrumentos de precisión. Los terremotos poderosos se han producido de
uno a tres, aproximadamente, en el curso de un año.
Datos de diversos especialistas, como A. Nikonov, H. Tazieff y
otros, señalan que los sismos de magnitud 8 y mayor se producen en
promedio uno por año; los de más de 7 alrededor de 20; 18 000 a 22 000
de más de 2.5.
La intensidad o magnitud de un sismo, en la escala de Richter,
representa la energía liberada y se mide en forma logarítmica, del uno
al nueve.
La estadística sobre los sismos a través de la historia es más
que pobre. Es cierto que se tiene información de desastres desde hace
más de tres mil años, pero además de que es incompleta, los
instrumentos de precisión para registrar sismos datan de principios del
siglo XX y la Escala de Richter fue ideada en 1935.
Un sismo de gran magnitud puede afectar más la superficie
terrestre, mientras el epifoco u origen del mismo se encuentre a menor
profundidad. La destrucción de ciudades no depende únicamente de la
magnitud del fenómeno, sino también de la distancia a que se encuentren
del mismo, de la constitución geológica del subsuelo y de otros
factores.
El daño que puede causar un sismo no depende fundamentalmente de
la intensidad del mismo. En la cordillera del Himalaya, en regiones
desérticas despobladas, y en el océano se han producido terremotos de
magnitud superior a 8, sin causar daños.
El caso de la ciudad de México
El terremoto del 19 de septiembre de 1985, de magnitud 8.1, se
originó a varios kilómetros de profundidad, bajo el piso oceánico,
frente a las costas de Michoacán, cerca de la desembocadura del río
Balsas. No es normal que afecte en forma grave a una ciudad que se
localiza a más de 300 km del epicentro. Hay que tener en cuenta que
otras poblaciones más cercanas al mismo sufrieron daños
proporcionalmente menores.
En los cinco años posteriores al sismo de 1985 varios
especialistas han tratado de explicar el fenómeno que afectó
determinadas zonas de la ciudad de México (figura 1). La explicación
más razonable se ha hecho en función de la estructura geológica
profunda. Se puede sintetizar diciendo que bajo la planicie lacustre se
encuentra un espesor aproximado de 2 000 metros de material volcánico,
consistente en piroclastos y lavas, además de capas de origen exógeno:
fluviales y lacustres principalmente. La lava es roca compacta y
resistente, aunque su disposición en el subsuelo no es muy amplia; los
otros materiales son de poca consolidación.
Las ondas sísmicas llegan en la mayoría de los casos desde la
zona de la trinchera Mesoamericana, atravesando montañas constituidas
por roca resistente y al entrar en la cuenca cambian su comportamiento.

Figura 1. La antigua superficie lacustre (1) de
la cuenca de México, rodeada por un piedemonte (2) y elevaciones
montañosas (3). Se representan lavas (4) sobrepuestas en la planicie
lacustre, y la zona más afectada (5) por los sismos de 1985.
A raíz del gran terremoto que asoló a Chile en 1960, el geólogo francés H.
Tazieff profundizó en el tema de los terremotos y sin proponérselo explica el
problema de la cuenca de México (p 26):
|
La gente cree generalmente que es más seguro construir
sobre un suelo poco sólido que sobre uno duro, sobre la tierra más que sobre la roca; se imagina que así un "colchón" amortiguará el impacto subterráneo. Pero no sólo los terraplenes, las arenas, los aluviones se hunden o se desplazan bajo el efecto de las vibraciones, sino que estas últimas, por poco fuertes y prolongadas que sean, también se amplifican en ellos por resonancia, hasta volverse desastrosas. Ocurre aquí que la energía liberada por el sismo, viajando bajo la forma de ondas elásticas más o menos rápidas, en vez de simplemente atravesar el medio que encuentra, se acumula en él... La absorción de energía provoca un aumento continuo en la amplitud de las vibraciones, y por poco que dure el sismo, las sacudidas —como si se exasperaran ellas mismas, en una histeria exacerbada— alcanzan tal violencia que todo lo que se encuentra construido sobre un apoyo semejante cae finalmente por tierra. |
Valiosas observaciones de Tazieff de hace 30 años, tal vez
exageradas en la última parte. En la ciudad de México prácticamente
todos los daños que produjo el terremoto de septiembre de 1985 fueron
en la zona lacustre, pero en pequeñas localidades de la misma (figura
2). Grandes extensiones de lo que hace pocos años era el Lago de
Texcoco han sido ocupadas por asentamientos modestos —casas de uno o
dos pisos—, construcciones improvisadas. Y los daños fueron mínimos,
excepcionales.
La constitución del subsuelo de la cuenca de México ayuda a
comprender ésta en el plano general. Pero el origen de los daños
causados en localidades pequeñas por el sismo tendrá que explicarse
analizando muchos factores: constitución del subsuelo (el espesor y
extensión de las capas es muy variable), presencia de fallas
geológicas, alteración por la actividad humana (construcciones,
extracción de agua, etc.), calidad de las construcciones y otras más.
No es raro que entre las poblaciones más afectadas en septiembre
de 1985 se encuentre Ciudad Guzmán, Jal., también asentada sobre una
cuenca lacustre.

Figura 2. Daños en la ciudad de México causados por el sismo del 19 de septiembre
de 1985: 1) una casa se hundió aproximadamente un metro con respecto al nivel
de la calle en la colonia Roma; 2) los rieles del tranvía cubiertos por el pavimento
se levantaron hasta 60 cm en la avenida Álvaro Obregón de la misma colonia.
Los sismos que afectan frecuentemente al continente americano,
desde el paralelo 20 hasta el sur de Chile, tienen su origen en la
inmensa mayoría de los casos bajo las trincheras profundas,
Mesoamericana y de Perú-Chile. En el sur de Europa y el Asia Central
los epicentros son principalmente continentales.
Los terremotos de mayor magnitud 8.9— registrados con instrumentos ocurrieron
uno en Colombia y Ecuador en 1906 y otro en Japón en 1933, de acuerdo con los
autores de Geological Hazards (B. A. Bolt y otros).
La destrucción de muchas ciudades se ha debido en varios casos a
que se encuentran en el epicentro del terremoto y, aunque de menor
magnitud que el nuestro, con intensidades de 6 a 7 llegan a ser
desastrosos.
Un ejemplo de lo anterior ocurrió en Managua, sacudida por un
sismo semejante a muchos que ocurren en las costas del sur de México.
Pero fue un caso de epifoco somero (unos pocos kilómetros) y bajo el
centro de la ciudad. Así fueron destruidas por sismos: Ashkhabad,
capital de la República Soviética de Turkmenia en 1948; San Francisco
en 1906 y Spitak, Armenia, en 1989.
Entre los sismos excepcionales se tiene un conjunto de éstos que
sacudieron el sur de Grecia durante tres años (1870-1873). Fueron 300
movimientos sensibles que produjeron daños.
En 1908 la ciudad de Mesina, en Italia, fue destruida por un
terremoto al que siguió un tsunami; Tokio y Yokohama sufrieron daños
muy graves en 1923.
De acuerdo con A. Nikonov e I. Rezanov, los sismos más intensos
de la posguerra fueron el del Himalaya en 1950, el de Gobi-Altai en
1957 y el de Chile en 1960.
El primero de estos produjo gigantescos deslizamientos que
modificaron el relieve, sin causar víctimas, ya que la región afectada
era despoblada. El sismo de Gobi-Altai ocurrió en una zona montañosa y
desértica, también, despoblada, del sur de Mongolia. En este caso, las
modificaciones al relieve fueron excepcionales por los efectos directos
del terremoto. Se formaron numerosas grietas de decenas a cientos de
kilómetros de longitud, así como escarpes de falla y deformaciones de
las rocas. Los efectos indirectos fueron derrumbes y formación de una
nube de polvo que duró dos días. I. Rezanov considera que un terremoto
como éste, de haber ocurrido en una superficie semejante poblada, como
la de Holanda o Dinamarca, hubiera provocado la destrucción total con
millones de víctimas.
El terremoto de Chile es una de las peores catástrofes que
registra la historia. Causó destrucción de ciudades a lo que se
sucedieron tsunamis. El caso ha sido ampliamente descrito en obras de
divulgación, en especial por H. T. Tazieff.
Muchas veces los daños indirectos resultan más graves. San
Francisco y Managua completaron su destrucción por el fuego que sucedió
a los sismos. En Perú prácticamente desaparecieron dos poblaciones en
igual número de terremotos, pero cubiertas por las corrientes de lodo
que descendieron de la cordillera andina. Los sismos también provocan
tsunamis, como ocurrió en Chile en 1960.
Lisboa fue totalmente destruida en 1755, primero por el terremoto y después por incendios y tsunamis.
Posteriores al terremoto del 19 de septiembre de 1985, han ocurrido otros, causantes de daños.
En octubre de 1986 un movimiento telúrico de tan solo 5.5 grados
causó graves daños y numerosas víctimas en San Salvador. En marzo de
1987 se produjo un sismo en la frontera entre Ecuador y Colombia;
aunque de sólo 6.9 grados de magnitud, fue considerado el que causó más
destrucción en ese año. En octubre ocurrió un terremoto de 7.8 grados
en Nueva Guinea.
En 1988 tres sismos tuvieron consecuencias negativas. El primero
en agosto, de entre 6.2 y 6.7 grados se originó en el Himalaya. El
segundo en noviembre, en Yunnan, China, de 7.6, y el más grave de
muchos años ocurrió a principios de diciembre en Armenia, de 6.9
grados, destruyendo prácticamente la ciudad de Spitak.
En enero de 1989, otra vez en territorio soviético, en
Tadjikistán, un temblor provocó una avalancha de lodo que causó
numerosas víctimas. En octubre del mismo año, con una magnitud de 6.9,
se produjo un sismo en San Francisco causando daños que se pueden
considerar menores, en proporción a las dimensiones, en sentido
horizontal y vertical de la ciudad.
En 1990 ocurrieron siete sismos que causaron serios daños, en
especial dos de ellos. En junio en Irán fueron destruidas varias
poblaciones y las víctimas se contaron por miles; otro fue en Filipinas.
Relación de los terremotos que causaron más daños, de 1960 a 1990.
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Año
|
Lugar
|
Magnitud
|
|
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1960
|
Agadir, Marruecos
|
5.9
|
|
1960
|
Chile
|
8.5
|
|
1962
|
Noroccidente de Irán
|
7.3
|
|
1963
|
Skope, Yugoslavia
|
6.0
|
|
1964
|
Alaska
|
8.6
|
|
1967
|
Irán
|
7.4
|
|
1971
|
San Fernando, California
|
6.5
|
|
1972
|
Managua
|
6.2
|
|
1975
|
Liao Nin, China
|
7.4
|
|
1975
|
Turquía
|
6.8
|
|
1976
|
Guatemala
|
7.9
|
|
1976
|
Italia
|
6.5
|
|
1976
|
China
|
7.6
|
|
1977
|
Rumania
|
7.2
|
|
1977
|
Irán
|
7.7
|
|
1980
|
Italia
|
6.9
|
|
1985
|
México
|
8.1
|
|
1986
|
San Salvador
|
5.5
|
|
1987
|
Ecuador y Colombia
|
6.9
|
|
1987
|
Nueva Guinea
|
7.8
|
|
1988
|
China
|
7.6
|
|
1988
|
Armenia
|
6.9
|
|
1989
|
San Francisco
|
6.9
|
|
1990
|
Tibet-China
|
6.9
|
|
1990
|
Perú
|
5.8
|
|
1990
|
N y NW de Irán
|
7.3
|
|
1990
|
Filipinas
|
7.7
|
|
1990
|
Sur de Irán
|
6.5
|
|
1990
|
Costa Rica
|
5.8
|
|
1990
|
Sumatra
|
6.9
|
|
|
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Los daños provocados por un sismo no dependen únicamente de su magnitud. Se
puede apreciar que muchos de menos de 7 grados han sido desastrosos. El factor
de mayor riesgo es la localización de ciudades en los epicentros. Por otro lado,
en la lista anterior no se han incluido varios terremotos de más de 7 grados
con epicentro en el océano, principalmente en el Pacífico, que no han afectado
la tierra firme. Así, en 1990, a pesar de que se produjeron muchos sismos que
dejaron efectos, sólo uno de ellos, el de Filipinas, fue de una magnitud considerable.
Y del total de terremotos en 30 años que causaron daños, tres fueron de magnitud
extraordinaria, superior a 8 grados: el de Chile, el de Alaska y el de México.
De todos los fenómenos catastróficos los sismos son los más
complejos. Se conocen por sus efectos y el mecanismo de su formación se
ha inferido por datos indirectos. Los movimientos internos que los
originan se localizan a profundidades muy diversas, de 5 a 600
kilómetros. Por esto resulta todavía imposible saber cuándo se va a
producir un movimiento interno. Por otro lado, están bien definidas las
zonas de mayor actividad sísmica del planeta y por la estadística, los
especialistas infieren cuáles son las zonas donde existen mayores
posibilidades de terremotos. Se ha mencionado así a California, la
costa del oriente de Guerrero y otras regiones en las que existen
muchas posibilidades de que se presente un terremoto.
Los resultados a que ha llegado la sismología en los últimos
años son muy valiosos, sobre todo si tomamos en cuenta que sólo se
tienen datos sísmicos de aproximadamente un siglo. Una de las mayores
dificultades es el factor tiempo: la estadística sería mucho más útil
si estos registros abarcaran un milenio. Por otro lado, la información
sobre sismos de poca magnitud es muy escasa en México: los intensos son
registrados en todo el mundo, pero los menores sólo en estaciones
locales que son insuficientes para estudiar en forma permanente las
zonas más activas.
A pesar de la pobre estadística sobre actividad sísmica en el mundo, los especialistas
han establecido algunas regiones de alto riesgo. Son aquellas regiones sísmicas
en las que no se manifiestan terremotos de gran magnitud durante un lapso determinado
—las frecuencias son variables de una zona a otra. Significa que las tensiones
se acumulan en vez de descargarse, por lo que cuando esto sucede es en forma
violenta. Una de esas regiones o brecha sísmica, es la que corresponde a la
margen occidental de los estados de Guerrero y Oaxaca,4
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donde los sismólogos esperan un terremoto en los
próximos treinta años. Si bien es probable que se cumpla esta predicción, no
tiene que ser forzosamente un sismo de gran magnitud, como tampoco es la única
región de la República Mexicana que puede ser afectada en el futuro cercano
(figura 3).
El gran avance que hay en el conocimiento de los sismos no significa que se haya llegado a la predicción aproximada.
Las erupciones volcánicas son muy frecuentes en determinadas zonas de actividad
endógena de la Tierra (figura 4): el Cinturón de Fuego del Pacífico e Índico,
el sistema volcánico de la margen del Mediterráneo, las dorsales oceánicas (Islandia,
Azores, Canarias) y otras zonas oceánicas de fractura (islas Revillagigedo)
o crestas montañosas submarinas (Hawai). Se producen en promedio hasta dos veces
por mes, pero en muy pocos casos resultan catastróficas. Cálculos del vulcanólogo
soviético I. Gushchenko consideran que en los primeros 80 años de este siglo
han ocurrido unas mil erupciones volcánicas, de las cuales 260 se acompañaron
de lavas, más de 40 de extrusiones y más de 35 de nubes ardientes; las erupciones
submarinas superaron el número de 55 y de 7 las subglaciáricas.

Figura 3. Zonas sísmicas de la República mexicana. 1) De menor concentración
de epicentros; 2) de mayor concentración; 3) epicentros de sismos de magnitud
de 7 y mayor, de 1900 a 1990. Elaborado con información proporcionada por Casiano
Jiménez.

Figura 4. Las zonas volcánicas más activas de la Tierra. Se indican los
volcanes más conocidos por sus erupciones. (Tomado de I. Guschenko, 1987).
Las erupciones volcánicas observadas por el hombre, sean las
aisladas y muy poderosas de los tiempos históricos o su conjunto, no
reflejan los procesos volcánicos de mayor magnitud que se han producido
en la historia geológica. La opinión general de los especialistas es
que el volcanismo antiguo fue más intenso que en la actualidad. Como
proceso en general, la Sierra Madre Occidental es un magnífico ejemplo,
y como formas aisladas que señalen erupciones de una magnitud todavía
nunca vistas, hay varios casos en el Cinturón Volcánico Mexicano.
Las erupciones volcánicas pueden ser un riesgo por varias
causas: 1) la expulsión de gases venenosos; 2) la lluvia de
piroclastos; 3) los flujos de piroclastos; 4) las nubes ardientes; 5)
los derrames de lava y 6) el colapso del cono volcánico que produzca
una avalancha. Estos son procesos directos, efecto de las erupciones.
Hay otros, indirectos, no menos riesgosos: 1) las corrientes de lodo
(lahares) y 2) los tsunamis.
La expulsión de gases venenosos por erupciones volcánicas ha
sido muy frecuente. Sin embargo, los casos de daños a humanos son muy
raros. Uno de éstos ocurrió en Camerún, en agosto de 1986, cuando un
lago fue contaminado desde el subsuelo por gases volcánicos que al
reaccionar con el agua produjeron un vapor venenoso que causó la muerte
de 1 500 personas. Es el mayor desastre de su tipo que se haya
registrado.
Otros problemas de contaminación se han dado por alta acidez (pH > 4) de
los piroclastos, como ocurrió en el volcán Irazú de Costa Rica de 1963 a 1965,
que afectó la vegetación. Por la erupción del volcán Heckla de Islandia murieron
miles de animales herbívoros por envenenamiento con el flúor almacenado en las
plantas.
Las lluvias de piroclastos son muy comunes en los volcanes
activos. Es un proceso que contribuye a transformar notablemente el
relieve, rellenando depresiones y elevando el nivel medio altitudinal
de la zona afectada. En el caso de cenizas y arenas, como en la
erupción del Paricutín, no es mucho el riesgo porque los pobladores
tienen tiempo suficiente para ponerse a salvo. Los sucesos más graves
son desplomes de techos de casas por la acumulación de material
volcánico. Cuando se trata de pómez el riesgo es mayor, ya que
desprende gases venenosos y presenta mayor temperatura que las cenizas.
Las erupciones del Chichón (1981), que arrojaron cantidades
colosales de piroclastos (cenizas y materiales de mayor tamaño) a
alturas y distancias de decenas de kilómetros, tampoco representan un
peligro serio para los humanos; en cambio, de menor alcance fueron
algunos flujos piroclásticos que destruyeron varias casas de campesinos
y ocasionaron la muerte a personas y animales. La actividad combinada
de expulsión de piroclastos y lavas, muy común —del tipo del
Paricutín—, permite evacuar con tiempo suficiente las zonas
potencialmente amenazadas.
Entre los procesos volcánicos de mayor riesgo están los flujos y
las nubes ardientes. Se originan por una explosión violenta de material
eruptado que posee altas temperaturas y que provoca una corriente de
alta velocidad, desplazándose laderas abajo desde el cráter del volcán;
puede acompañarse en el aire por una nube formada de materiales del
mismo tipo. La precipitación de ambos se produce a altas temperaturas,
de más de 600 grados centígrados. Es un fenómeno común en los volcanes
compuestos activos del tipo del Popocatépetl, Colima, Pelé, Vesubio,
Cotopaxi y muchos otros. Una de las mayores tragedias de nuestro siglo
ocurrió en la Martinica, en 1902, por la erupción del volcán Pelé. Una
gran explosión formó una nube ardiente que fue a depositarse a ocho
kilómetros del cráter, exactamente en la población de Saint Pierre,
eliminando prácticamente la vida humana. Es, tal vez, una de las
historias más comentadas en los libros de geología que nunca olvidan
que el único sobreviviente de la ciudad fue un presidiario.
Los flujos piroclásticos, como proceso volcánico, se han venido
conociendo mejor en los últimos veinte años, gracias a la actividad de
varios volcanes del mundo en este lapso. Se han definido por lo menos
seis factores distintos que los originan.
Los derrames de lava son procesos poco riesgosos. En las laderas
de los volcanes activos el desplazamiento puede ser muy rápido, por la
fuerte pendiente. Pero cuando se extienden más allá del cono, donde la
inclinación es menor, la velocidad se hace más lenta. La lava puede
cubrir campos de cultivo y poblaciones enteras, como San Juan
Parangaricutiro durante la erupción del Paricutín (figura 5), pero los
pobladores tienen tiempo suficiente para alejarse.
La explosión de lavas que llegan a desplazarse hasta 20-30 km ha
sido común en Hawai e Islandia en tiempos históricos. Representan una
amenaza para las tierras de cultivo y las construcciones, pero por el
tiempo con el que se anuncian y la relativa lentitud con que escurren
es posible que los habitantes de las localidades contiguas se pongan a
salvo. Incluso se han construido barreras para desviar las lavas que se
dirigen a una población o se ha utilizado el agua para atacar los
frentes de lava, tratando de frenar su avance.
Un proceso verdaderamente catastrófico es el colapso de la porción superior
de los conos volcánicos en actividad. El cráter se convierte en una caldera
y masas de millones de toneladas se precipitan. Pueden desplazarse decenas de
kilómetros; rellenan los valles y cubren todo a su paso. Esto se observó en
la última erupción del Santa Elena, en los Estados Unidos, en 1982; ocurrió
en el Krakatoa que se hundió en el oceáno en 1883; el Tambora en Java en 1812;
el Bezimianny en la URSS en 1956. Por estudios geológicos se ha
establecido que procesos como éste ocurrieron en el pasado en otros volcanes;
están bien establecidos para el Volcán de Colima y posiblemente el vecino Nevado,
lo mismo que para otros grandes edificios, como el Citlaltépetl, Matlacuéyatl,
Popocatépetl y Xinantécatl.

Figura 5. Las lavas del Paricutín (al fondo) cubrieron la iglesia de San Juan
Parangaricutiro.
Generalmente, este proceso se repite en el tiempo. Se considera
que la actividad interna bajo un volcán activo de este tipo es
progresiva y que llega un momento en que la energía acumulada exige
expulsar, en forma violenta, una cantidad extraordinaria de magma. Al
producirse un vacío interior sigue el colapso de la estructura
montañosa; y tal vez vuelva a empezar la actividad interna del volcán y
crezca el cono, para después de algunos pocos miles de años repetir el
fenómeno.
Las corrientes de lodo o lahares que se forman en los volcanes
pueden ocurrir simultáneamente con las etapas de actividad o
posteriormente, cuando están dormidos. Son comunes en el primer caso
por la gran cantidad de material suelto que constituye las laderas de
los conos. Bastan unas lluvias fuertes para humedecer los primeros
metros de espesor y formar una corriente de lodo. En especial se ha
presentado en las zonas tropicales como Centroamérica e Indonesia.
Otros lahares se originan por un deshielo violento provocado por el
calor de una erupción. Esto ocurrió con el Bezimianny en 1956, no sólo
en el mismo edificio, sino en tres vecinos, lo que produjo gigantescas
corrientes de lodo. Los glaciares volcánicos presentan gran riesgo
porque se encuentran en pendientes muy fuertes y una sobrealimentación
de nieve los hace vulnerables.
Un sismo o una pequeña erupción puede provocar el
desprendimiento de una masa de hielo que inicia la formación de una
corriente de lodo. Esto se ha observado en especial en Sudamérica: en
el Cotopaxi en 1877, el Huascarán en 1970 y el Nevado de Ruiz en
Colombia en 1985. Los efectos son desastrosos ya que las corrientes se
desplazan de decenas a algunos cientos de kilómetros y llegan a cubrir
poblaciones enteras.
Fenómenos semejantes se han presentado también en Alaska, Nueva Zelanda, Islandia y Estados Unidos, principalmente.
Los depósitos de corriente de lodo de grandes dimensiones se
reconocen en prácticamente todos los grandes volcanes mexicanos (de más
de 4 000 m de altura) del paralelo 19.
Los tsunamis originados por erupciones volcánicas deben ser muy
escasos, ya que éstas deben ocurrir con tanta o más frecuencia que en
la tierra firme, pero, de igual manera, la inmensa mayoría son
emanaciones débiles de magma. Sólo explosiones excepcionales como la
del Krakatoa pueden dar lugar a tsunamis como los conocidos.
B. Booth y F. Fitch publicaron datos que indican 516 volcanes
activos en la Tierra, de los cuales 89 han causado daños en tiempos
históricos, de éstos, 14 se localizan en Japón y 12 en Java.
Tres de las erupciones más intensas conocidas tuvieron lugar en
este siglo. La primera, del volcán Katmai en Alaska, en 1912; las otras
dos en la península de Kamchatka, URSS, en el Bezimianny
en 1956 y en el Shveluch en 1964. A diferencia de otras semejantes que
han ocurrido en el mundo estas tres se produjeron en zonas no habitadas.
En el siglo pasado ocurrieron dos erupciones volcánicas de
magnitud extraordinaria, en los volcanes Tambora y Krakatoa, con la
característica que en ambas se dio la formación de una caldera por el
asentamiento de masas rocosas al quedar hueca la cámara magmática
después de la expulsión prolongada de millones de toneladas de rocas.
En 1815 en una de las islas Sonda, de Indonesia, se produjo la
erupción del volcán Tambora. Una explosión redujo el volcán de 4 000 m
a 2 850 m, equivalente a 100 kilómetros cúbicos de roca. El cono
volcánico quedó truncado con una caldera en su porción superior, de 6
por 6.5 km de diámetro y profundidad de 700 m. El número de víctimas
que cobró resultó elevado, 92 000 personas. Fue la erupción más intensa
del siglo XIX. El 27 de agosto de 1893 tuvo lugar la gran
explosión del volcán isla Krakatoa, en Java. Después de una intensa
actividad eruptiva el volcán se hundió en el mar dejando como huella
islas menores. La verdadera catástrofe fue posterior al suceso
volcánico, cuando se formaron tsunamis que invadieron las islas
vecinas, incluso a cientos de kilómetros, provocando daños y muchos
miles de muertos.
La erupción volcánica más potente de este siglo es la del
Bezimianny, en la península de Kamchatka, en el oriente soviético con 3
085 m de altura. El volcán, que se consideraba apagado, inició una
serie de erupciones de gran magnitud el 22 de octubre de 1955. Arrojó
grandes cantidades de material piroclástico a la atmósfera hasta el mes
de enero, cuando surgió en el cráter un domo en crecimiento. Se elevó
100 m y el 30 de marzo de 1956 se produjo una gigantesca explosión. El
cono volcánico se redujo en 200 m y en su cima quedó una caldera. El
domo antiguo, elevado desde la primera etapa de la erupción desapareció.
El cráter que se formó tiene un diámetro de 1.5 por 2 km. A una
distancia de más de 10 km todo quedó cubierto por capas de medio metro
de piroclastos. Pero, además, el calor de las erupciones provocó el
derretimiento de las nieves, originando grandes corrientes de lodo que
escurrieron varios kilómetros a lo largo de los valles, destruyendo la
vegetación. Las cenizas arrojadas se depositaron en un radio de 50-75
km. A pesar de la magnitud de la actividad del Bezimianny no hubo
víctimas. La península de Kamchatka, vecina de Alaska, no permite el
desarrollo de poblaciones en las márgenes de sus volcanes, no por la
actividad constante de éstos, sino por las condiciones climáticas.
Al final del paroxismo empezaron a crecer otros dos domos. En
agosto, uno de ellos alcanzó una altura de 320 m. En noviembre terminó
la erupción.
La historia registra varios casos de erupciones catastróficas.
Algunas se han reconstruido por el estudio del tipo de rocas volcánicas
depositadas, por los espesores de éstas y los restos de culturas
antiguas sepultadas; como el caso del volcán Santorín, en la isla de
Thera, cerca de Creta, en el Mediterráneo.
Una erupción de energía extraordinaria ocurrió hace unos 3 500 años en el volcán
Santorín,5![]()
de entre cien mil y doscientos mil años de edad.
Tuvo también otras etapas de actividad menos intensas en nuestra era en los
años 197, 726, 1457, 1573, 1650, 1707 y 1886. Todos los acontecimientos de la
gran erupción de hace 3 500 años han sido reconstruidos a partir del estudio
de la disposición espacial de los materiales depositados, del


JOSE LUIS dijo
ESTA INFORMACION ES MUY IMPORTANTE ME GUSTARIA QUE PUBLICARAN MAS HACERCA DE LOS METEORTOS CAIDOS EN LA TIERRA , Y QUE CONCECUECIAS TRAJO PARA LA HUMANIDAD...
6 Octubre 2007 | 03:44 AM